Mostrando entradas con la etiqueta milicos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta milicos. Mostrar todas las entradas

lunes, 13 de octubre de 2014

El Primer Paquete III : El primer Día de Los Trabajadores

El Primer Paquete III



El primer Día de Los Trabajadores


Todo había empezado cuando salimos mi compañera Lir y yo de prisión.
Ella estaba en un establecimiento especial para mujeres que no habían sido procesadas, o sea que en general, habiendo sido sometidas a juez competente, éste no había encontrado motivo para procesarlas, en otras palabras: desde el punto de vista legal eran inocentes.
Pero una ley llamada de Medidas Prontas de Seguridad permitía de todos modos al Poder Ejecutivo, representado por los militares a cuyo cargo estaba la represión, de retenerlas privadas de libertad. En ese lugar se encontraban también veteranas tupamaras que habían cumplido su período de prisión, según el juez, pero allí estaban a criterio de los militares. Podían estar también aquellas que simplemente fueran consideradas sospechosas de actividades ilícitas.
Las personalidades, grados de experiencia de lucha y grados de compromiso con los principios revolucionarios eran harto heterógeneos.
Algunas tenían a sus hijos consigo, niños presos, algunos de ellos nacidos en prisión, y otras eran muy jóvenes. Tenían sus reuniones y sus actividades colectivas tales como manualidades, etc.
Aproximadamente luego de un año de que Lir estaba presa, los militares, que ya tenían el poder del gobierno, para congraciarse con el pueblo, decidieron impulsar medidas de liberalización, entre otras dejar en libertad a las personas no procesadas y a aquellas que los jueces consideraran que habían cumplido su período razonable de prisión. La consigna de las compañeras fue entonces, la de hacer solicitar la libertad de todas sus parejas que estuvieran aún en prisión y tuvieran posibilidad de conseguir el aval del juez.
Entre esas estaba yo. Tenía una sentencia mínima que era excarcelable a los dos o tres meses. Todos pensaban que esta sentencia no era razonable, puesto que yo había reclutado a varios de los compañeros que estaban aún, o que habían estado en la cárcel conmigo y debía, entonces tener mayor antigüedad en la militancia clandestina. Por eso mi abogada no había pedido mi libertad ante el juez aún, pues pensaba que los militares me iban a encarcelar aplicando la ley discrecional vigente y que, entonces, iba a quedar en sus manos, pronto para ser torturado no bien creyeran que tenía alguna información que les interesara, o bien por puro placer sádico, cosa que sucedía en algunos casos.
Cuando salió Lir, yo me sentí enormemente aliviado porque ella inmediatamente se  hizo cargo de Ismael, que había recorrido varios hogares hasta finalmente quedar a cargo de una pareja de buenos amigos que lo trataban como a un hijo más, el más pequeño que tenían.
La etapa de prisión mía es un tema aparte que tendría que describir en un relato más extenso. De todos modos puedo contar que estábamos juntos doce compañeros procesados al mismo tiempo en la cárcel para presos comunes de Mercedes, en un pabellón especial para nosotros compuesto de tres celdas, baño común, un patio de unos 15 m por 5 de ancho y una pequeña cocina techada pero sin abertura. Nos custodiaba permanentemente un guardia militar que estaba frente a un portón enrejado de salida del patio. Nos abrían las celdas a eso de las 8 de la mañana y las cerraban con llave a eso de las 8 de la noche. De noche permanecíamos encerrados cada cual en la celda que le correspondía. No nos torturaban ni nos acosaban, así que pasábamos confinados, pero relativamente tranquilos. Mis grandes preocupaciones fueron siempre por un lado el cuidado de Ismael, que recorrió varios hogares sin tener uno permanente y por otro lado el estado de salud de mi compañera.
Cuando Lir salió de su prisión y pudo ir a Mercedes inmediatamente presionó a mi abogada, que había sido compañera mía de trabajo en el liceo local, para que pidiera mi liberación al juez. Era el momento justo para hacerlo. Si se hubiera hecho antes lo más posible es que los militares me habrían llevado al cuartel, si después, habría encontrado condiciones mucho más duras y es posible que fuera reprocesado por la así llamada "justicia militar", que no era otra cosa que un castrense enemigo determinando cuánto tiempo más tenías que pasar en prisión.
 Lir me iba a visitar y entonces nos concedía una visita en horario especial, fuera de los horarios normales, porque ella venía de Carmelo y no tenía ningún bus que llegara a tiempo. Me llevaba a Ismael, que tenía entonces unos 18 meses. En esas condiciones, nos asignaban la oficina del alcaide de la cárcel para encontrarnos y conversar. Durante una de las visitas éste nos había ofrecido galantemente su sillón de escritorio para que pudiéramos sentar al pequeño. Lir lo había puesto sin pañales, para descansar un poco la piel de su cola. Se nota que Ismael quiso entonces contribuir a la lucha de la liberación nacional, porque descargó su intestino en una cagada soberbia sobre el sillón.
Después de un par de meses luego de que mi compañera fuera liberada, un buen día escuché el famoso "con todo", esta vez precedido de mi apellido. En jerga carcelaria, ésto quería decir que saliera llevando todas mis cosas, en otras palabras que me iba de la cárcel.
Mi reacción fue muy mezclada. Por un lado la esperanza de poder reunirme nuevamente con mi mujer y mi hijo, por otro lado el temor, casi la seguridad, de que me iban a estar esperando los militares para llevarme de vuelta al cuartel, como solían hacer cuando algún compañero era puesto en libertad por el juez. Me dieron mis modestas cosas: mi reloj, mi billetera, tal vez mi chaqueta de cuero y caminé por el pasillo empedrado de la salida rumbo a los enormes portones metálicos de la salida a la calle, con la casi seguridad de que un jeep militar me iba a estar esperando en la vereda.
Salí a la intemperie y ...nada; no se veía ningún vehículo. Tan seguro estaba de que me estarían esperando, que miré unos instantes en la dirección de llegada de la calle flechada pensando que por algún motivo, vendrían retrasados.
No podré explicar nunca el alivio enorme que sentía cuando comprobé que nadie venía a llevarme al cuartel. Di vuelta la esquina de la cárcel como volando de tan leve que me sentía. Hacía muchos meses que no andaba libre por la calles de Mercedes, así que me quedé algo indeciso sobre qué rumbo tomar y caminé entonces mecánicamente por la calle. Había andado unos doscientos metros cuando me encontré en una esquina con mi viejo compañero de voleibol, el Negro Pedro, que me dio un abrazo y nos pusimos a conversar en la vereda. Al poco rato se nos une Jorge, uno de mis viejos y queridos alumnos de liceo y de atletismo. Como era de tarde y no tenía bus para Carmelo hasta el día siguiente, Jorge me llevó a su casa para ofrecerme una cama hasta la mañana siguiente. Nunca podré olvidar su gesto de solidaridad. Llevarme a mí a su casa implicaba en esos momentos un peligro claro de ser considerado sospechoso por los militares.
Al otro día la madre de Jorge me despierta temprano, me despido de los dos y voy a tomar el bus que me llevaría a los queridos de mi pequeño núcleo familiar, 
Ya en el bus me encontré con una maestra perteneciente a una familia amiga, que me saludó alegremente como si no pasara nada.
 Llegado a Carmelo, nos sentíamos extraños los tres por una situación que no habíamos vivido, la de estar otra vez juntos y rehacer la red de nuestras relaciones. Pero era la vida que nos ofrecía un nuevo comienzo, con todo el entorno como cambiado drásticamente de color por el hecho de estar marcado por haber estado preso, por la derrota militar de nuestra organización tupamara, por reanudar todos los contactos con amigos, familiares, colegas y alumnos.
Como a las dos semanas de mi liberación era el Primero de Mayo y Carmelo tenía una pequeña concentración con ese motivo en un lugar abierto.
Como yo consideraba casi sagrado el Día de los Trabajadores, no podía menos que concurrir. Fuimos los tres, con Ismael en una especie de camilla que llevábamos entre su madre y yo de unos cordones laterales.
Apenas hacía unos minutos que habíamos llegado, cuando nos preparábamos para escuchar la oratoria el poder policial nos frustra un promisorio festejo de los trabajadores del mundo: llegan dos "tiras", policías vestidos de particular y nos comunican que no podíamos estar allí...

El Primer Paquete II


El Primer Paquete II


2a. Parte

Rosario
Rosario también nos visitaba a veces. Era nuestra amiga desde Carmelo, donde nació Ismael, y también había huido con sus dos hijos de la represión militar que se abatió sobre la ciudad en ese tiempo. Compartíamos con ella alguna pizza hecha en el horno de nuestra vieja cocina a supergas que habíamos recogido de los desechos. Nuestra vecina Maru nos había avisado u n día que había una cocina vieja en un contenedor, y allí fui yo a buscarla. El horno no calentaba bien porque estaba lleno de agujeros del óxido. Rosario era la compañera de un integrante de mi grupo tupamaro y viejo colega de educación física  y amigo. Ella no actuaba en operaciones, pero sabía de las actividades de su marido y hasta había escondido algún arma en su jardín. Ella me había trasmitido la instrucción, obtenida durante una visita a su compañero preso, de que tenía que irme del país porque los milicos tenían información sensible sobre mi actuación. Ella no había estado en prisión, pero cuando llegó una represión tremenda a la ciudad donde vivíamos, Carmelo, donde había nacido Ismael, su esposo preso de alguna manera comprendió que ella estaba en un gran peligro. 


Durante una visita a la prisión él le pasó con un beso en la boca una "pastilla". Esas pastillas se fabricaban con finas hojas de papel de armar cigarrillos escritas con letra muy pequeñita. Luego se envolvían en un trocito de hoja de plástico y se ataban fuertemente con hilo de coser; quedaban del tamaño de un botón. Era un riesgo enorme si los carceleros notaban algo raro durante la visita, pero él pensó que era muy urgente trasmitirle a Rosario esa información. En la "pastilla" había escrito que ella tenía que irse del país, a Buenos Aires, y llevarse a sus dos hijos consigo. Es muy posible que gracias a ese gesto heroico de su compañero, Rosario se haya salvado de la orgía infernal de torturas y bestialidad descarnada que condujo a la muerte de Chiquito Perrini, el heladero del pueblo y amigo nuestro y a la masacre brutal de más de medio centenar de jóvenes y algunos mayores en las mazmorras de tortura del cuartel de la ciudad de Colonia, incluidas varias violaciones, entre otras de una compañera madre de varios hijos.
Un día, comiendo una pizza con orégano, se le trabó una ramita en la garganta. Estaba muy dolorida  y la llevamos al hospital del barrio, pero a ese entonces ya se  había tragado la ramita, pero le quedaba el dolor que le hacía parecer como que todavía la tenía atravesada en la garganta.
Resonaba frecuentemente su risa cristalina, pero se notaba su tristeza por haber dejado a su compañero preso y por encontrarse forzada a vivir y trabajar en esa gran ciudad acompañada sólo de sus dos hijos.



Gonzalo
También venía Gonzalo con su familia. Gonzalo era un matemático brillante que fue contratado con todo un equipo de excelentes profesores de matemática uruguayos de la Facultad de Ingeniería, que habían quedado sin trabajo en Uruguay por el cierre de la Universidad de la República por todo ese año, ordenado por los militares. Con Gonzalo nos tirábamos a las aguas, posiblemente contaminadas, del Río Luján para nadar. Gonzalo tuvo que emigrar luego de ésto finalmente para Venezuela contratado como profesor en una universidad venezolana, cuando nos despidieron a todos los profesores de la Universidad de Buenos Aires, al ser intervenida por un cambio político. Gonzalo era asimismo un notable pintor, y culminó una increíble exhibición de dotes sobresalientes ganando luego de unos años un concurso de poesía en Uruguay. Fue uno de los pocos que obtuvo su grado de Licenciado en la Universidad de Buenos Aires, usufructuando los profundos conocimientos de matemática que ya transportaba desde Uruguay.
Sólo una persona tan notable puede ser modesta y hermosa al grado que era Gonzalo.
Gonzalo siempre venía con su familia, su mujer Beatriz y sus dos nenas cuando estaba soleado y siempre íbamos a la orilla del río a tomar mate a la uruguaya, con el agua caliente en un termo. Veíamos a los argentinos, que cebaban con una calderita, que ellos le llaman una pava, teniendo que recalentar el agua con un pequeño calentador que también tenían que llevar consigo.

Las inundaciones
Llegado el otoño, se registraron fuertes tormentas, con las abundantes lluvias consiguientes.
Un buen día salí a nuestra calle y me encontré que el río cercano había extendido sus brazos ciñendo la cuadra nuestra y que había una profundidad de más de un metro en el medio de la calle.
Cuando salió el sol, el agua aún no se había contraído, andaban botes enfrente mismo de nuestro apartamento en planta baja y algunos chicos del barrio aprovechaban para tirarse al agua casi desde la puerta de sus casas.
Cuando tenía que ir a trabajar a la universidad, tenía que salir con botas de goma hasta la rodilla para no mojarme los pies en el agua que cubría la vereda. Una vez llegado a partes más civilizadas me calzaba mis zapatos viejos, que tenía la previsión de llevar en un bolso.

Otras visitas
También venía a menudo Ana, hermana de mi viejo amigo Luis, a veces acompañada de su compañero Sarandí y casi siempre con su hija Ximena. Ana y Sarandí tenían miedo por Arielito, tan chiquito en ese lugar tan húmedo y frío en invierno.
Ellos no estaban tan pobres como nosotros y a veces nos llevaban algunas vituallas para preparar una pizza o un pollo asado, o algo por el estilo.
Con Ana salíamos a caminar por las orillas del río, llevando a Arielito en una especie de silla para niños con dos ruedas y dos patas fijas, que era lo que habíamos alcanzado a comprar para transportar al bebé.
Él dormía en el medio de nosotros para que no pasara frío de noche, pero creo que hasta un día lo apreté un poco en sueños.

Un buen día, el hermano de Lir, Bebe, nos llevó libros y otras cosas nuestras, incluso una estufa a kerosén en una bolsa enorme de lona y entonces estuvimos un poco más calentitos en ese invierno frío de Buenos Aires.

Naturalmente, no teníamos cama, pero nuestra amiga de Carmelo Nivia, que estaba también en Buenos Aires con su esposo argentino nos regaló una vieja cama que tenía, y hasta un colchón.
Éstos estaban en una casa que ella tenía en una isla del delta del Tigre, así que tuve que tomarme  una lancha e ir  hasta su casa para traerme la cama y el colchón.  Para descargar los largueros de la cama, que era desarmable, la lancha tenía que hacer una maniobra en el puerto, mientras yo iba agarrando las tablas desde el muelle, mucho más arriba. Creo que el conductor de la lancha me quiso hacer una broma y la separó del muelle antes de tiempo, dejándome con una pesada tabla de la cama tomada sólo de un extremo. Me parece que quedó sorprendido porque yo tenía entonces una fuerza enorme y logré levantar la tabla con apenas unos 20 cm agarrados. Desde allí llevé cama y colchón en un bus de los que llegaban hasta la esquina de nuestra apartamento.
El colchón era doble, pero durísimo, increíblemente rígido, pero en fin...era un colchón donde dormimos hasta el final, cuando nos embarcamos para Suecia.
Tampoco teníamos calentador de agua, así que nos bañábamos toda la familia los sábados en una bañera de plástico para niños en la que echábamos agua caliente, que luego atemperábamos un poco con agua fría.
Cuando Bebe nos trajo la bolsa de lona, tuvimos una especie de calentador de agua eléctrico, de origen brasilero, que calienta el agua a medida que va saliendo del caño, y se atornilla al mismo desde abajo. Entonces ya no tuvimos que bañarnos todos en la bañera de niños, pero entonces teníamos que aguantar los choques eléctricos que nos propinaba el calentador si, por descuido, llegábamos a tocar una canilla mientras nos bañábamos.

El primer paquete

El primer paquete

Cuadro de Luis Ferrer, Paysandú, Uruguay
Flor de Otoño

Mientras estaba esperando el transporte que me llevaría de vuelta a mi casa en el barrio de Tigre, a una hora de tren pendular de la estación Retiro en el centro de la ciudad de Buenos Aires, dudé por algún momento si ponerme el pequeño envoltorio en el bolsillo de mi chaqueta o si llevarlo en la mano.
Era un paquete pequeño. Me lo  habían dado en el Hospital Italiano, frente de donde yo me encontraba luego de que yo pagara una suma que cubría la cuota para partos, pero no sin antes tener que superar la desconfianza del personal de dicho sanatorio porteño, que recelando a causa de mi pobre vestimenta, no me lo querían entregar antes de percibir ese monto de dinero.
Dentro del paquetito latía con tibieza mi hijo, un ser humano nuevo que iría a trazar su sendero en la vida y a ser útil a la sociedad de alguna manera. Había pesado solamente un kilo y novecientos gramos, un poco menos de dos kilos, casi el peso de lo que uno podía comprar en la carnicería para hacer un asado.
Me habían dado , luego de que el dinero que pagué los había convencido de interrumpir el secuestro del bebé, un carnet de color celeste con la huella de su pie. Parecía una huella de juguete, de algún pequeño muñeco.
La aventura del parto había comenzado cuando mi mujer sufrió la rotura de la bolsa amniótica, la membrana que recubre el feto y que habría debido rasgarse normalmente unos minutos antes del alumbramiento en sí. Le aconsejaron quietud y cuidado.
Cuando sintió los dolores de parto unos días después, no tuvimos más remedio que buscar su internación en algún hospital o sanatorio.
Yo recordé que, justo ese día, yo cumplía un mes de trabajo en la Universidad de Buenos Aires, donde yo había ingresado por concurso como profesor ayudante de matemática en la Facultad de Ingeniería, y por lo tanto me correspondía la obra social de la universidad y por ello atención médica en el mejor sanatorio de Buenos Aires, el renombrado Hospital Italiano.
No teníamos más remedio que viajar en el tren pendular desde Tigre hasta Retiro, desde donde yo tomé un ómnibus hasta la oficina de la Facultad de Ingeniería, mientras mi mujer esperaba sufriendo los dolores previos al parto en la estación Retiro.
Cuando volví con el papel que me acreditaba para utilizar los servicios médicos de la obra social de la universidad, fuimos finalmente hasta el Hospital Italiano, llevando todo el tiempo a nuestro hijo mayor, Ismael, que tenía entonces algo menos de tres años.
Una vez internada respiré más aliviado. La dejaron aún unos días en tratamiento, procurando dilatar el parto lo más posible mientras preparaban al niño a punto de nacer para su aparición prematura al mundo. Para nuestra fortuna, le correspondía ser atendida por el mejor médico obstetra de Argentina, el Dr. Ricardo Gavensky.
Pero ahí estaba yo entonces, con mi hijo recién nacido en las manos, mientras mi mujer e Ismael esperaban en nuestra casa en Tigre.
El bebé respiraba tranquilamente. Jamás lloró ni gritó en el viaje. Creo que tampoco jamás lloró mientras era un bebito.
Era mediados de abril, otoño en Buenos Aires y recibimos al recién llegado con toda la ceremonia que nos permitía nuestra pobreza monacal.
Por temor a sobrecargar el aparato digestivo no bien desarrollado del niño, el pedíatra que nos atendía aconsejó una dieta demasiado drástica. El nene estaba extrañamente oscuro. Cuando el médico aconsejó abandonar esta alimentación estoica y comenzamos a darle una leche en polvo para bebés en abundancia, el niño recuperó su color blanco y rosado y se le vio una cara sonriente a diferencia del período anterior.
Pronto llegó el invierno y el nenito comenzó a dormir en nuestra cama en medio de mí y de su madre para protegerlo del frío y la humedad característica del barrio a causa de su cercanía de los brazos del delta del poderoso río Paraná, que rodea por el lado oriental a la gran ciudad.
Éramos muy pobres, pero estábamos contentos de habernos salvado de la tortura segura y la prisión en manos de los militares uruguayos, que ya habían dado un golpe de estado e instaurado una dictadura.
De todos modos corríamos riesgos enormes por las relaciones entre los militares de los dos países vecinos, algunos de los cuales veíamos a veces hasta cerca de nuestra casa. Habíamos logrado vender una motocicleta casi nueva antes de fugar y disponíamos de ese dinero para pagar la entrada a la vivienda y mantenernos un tiempo a fuego bajo.
Yo había logrado ingresar por concurso como docente en la Universidad de Buenos Aires y contábamos con que algún día cobraría esos ingresos, aunque tardaron varios meses en que eso sucediera, lo que es normal por estas latitudes.
Ismael comenzó a concurrir a un jardín de infantes en la cercanía y mi mujer le cosió precariamente su uniforme con el que asistía a sus clases.
El bebé crecía y pronto pudo estar parado tomado del borde de una camita rodeada de bordes altos que lo protegían para que no se cayera, pero que tenía una especie de barrotes de madera que lo hacían parecerse a una celda para bebés.
Yo iba a dar clases a la facultad con unos pantalones de verano, que eran los únicos que tenía y unos zapatos con agujeros, que eran los mismos con los que había estado de plantón mientras me torturaban los militares en el cuartel de la ciudad de Mercedes, en Uruguay.
Un día mientras estaba en nuestra casa se me rompió el pantalón y entonces mi compañera tuvo que ir al centro comercial más cercano a comprarme otro pantalón, que pasó a ser también el único que tenía.
El pequeño paquete que había levantado en el Hospital Italiano hacía poco tiempo mostraba una salud y un apetito envidiables, pese a su pequeño tamaño inicial. Era muy tranquilo y cuando mi mujer lo ponía en su camita en el pequeño patio que teníamos sin pañales para cuidar la piel de su cola, a veces se embadurnaba con su propia caca.
Ya tenía la personalidad serena y tranquila que creo que fue siempre uno de sus rasgos distintivos, era Ariel. Su nombre lo tomé como homenaje a mi pobre hermano que estaba entonces preso en la prisión de presos políticos que llevó paradojalmente el nombre del paraje donde estaba situada, Libertad.
No sé cómo logramos conectarnos con varios amigos uruguayos, algunos de los cuales conocíamos de antes y otros que encontramos en Buenos Aires, donde estábamos todos exiliados. Varios de ellos nos visitaban en Tigre atraídos por la proximidad del río en cuyas orillas podíamos sentarnos a tomar mate en la hierba y hasta tirarnos y nadar algunos metros.
Norma, conocida de mi compañera mientras estaba en la prisión para mujeres no procesadas, pero sospechosas de la antigua Escuela de Nurses Carlos Nery, nos alegraba muchas veces con su guitarra y todos entonábamos canciones izquierdistas uruguayas en nuestro pequeño patio, donde la recibíamos con algún pollo asado. Norma fue citada a testimoniar frente al Tribunal Russell en Europa a raíz de denuncias de violaciones de los derechos humanos en Uruguay. Finalmente se la llevaron en Buenos Aires cuando nosotros ya no estábamos; leímos rumores de que se había tirado desde una altura y se había herido seriamente mientras estaba siendo torturada, pero nunca más se supo de ella y figura entre los desaparecidos de la dictadura militar.





miércoles, 8 de junio de 2011

Los crímenes imperdonables de los milicos uruguayos

Los crímenes imperdonables de los milicos uruguayos




Los milicos uruguayos han cometido dos faltas imperdonables, o casi: 
1. arruinar lo mejor de una generación entera de orientales, 
2. secuestrar y vender bebés inocentes. 
De la generación destruída quedaron retazos de lo que podría haber sido: 
Aníbal Sampayo, José Luis Massera, Rodrigo Arocena, Rosencof, Engler, Carlos Liscano, Miguel Ángel Estrella, Braulio López, Sacchi y algunos más. Estos girones muestran sólo lo que podría haber sido y perdimos. De los otros miles de torturados no sabemos bien todo lo que podrían haber dado. Los nombrados de alguna forma sobrehumana rasguearon las cuerdas de su desdicha, su dolor y su alma ultrajada.
De los bebés quedan también girones de los seres humanos que troncharon infamemente. Tuvieron que criarse sin sus padres, sin su familia paterna y materna, sin las relaciones y referencias naturales de un entorno humano al que pertenecían naturalmente y sin el cual es inhumano ser despojado y vivir.